Saturday, October 01, 2005

Hitler: La caída

El viernes 30 de septiembre de 1966 era un día frío y con sol, como muchos al comenzar el otoño en Berlín occidental; recuerdo la intensidad de la luz, a pesar de lo temprano de la hora; recuerdo también las bandadas de pájaros, un cielo pálido, jirones de nubes rosadas y los primeros autobuses. Salí a comprar el desayuno: yogur, pan negro y fruta. Al regresar a mi habitación de la Residencia de Estudiantes escuché, en la estación Sender Freies Berlin, una narración de cómo legiones de periodistas, fotógrafos y camarógrafos de las televisoras europeas se encontraban ante las puertas de hierro de la prisión para criminales de guerra de Spandau: esa mañana salía libre Albert Speer. Alonso Ruiz Alzate, un colombiano de Caldas, me comentaba cada vez que pasábamos por esa avenida y veíamos la fortaleza de hormigón Spandaugefängnis (Cárcel de Spandau) "No tenga usted duda, José María, me dijo Alonso: es la cárcel más cara del mundo. Imagínese, cada semana los aliados cambian la guardia, para no hablar de los tanques en el patio interior. Así se relevan y rotan cada semana. Una vez estadunidenses, otra ingleses; luego soviéticos y, al final, franceses. La prisión de Spandau tiene 2782 celdas deshabitadas, cocinas y comedores vacíos, salas de visita desiertas, pelotones acuartelados y todo para dos prisioneros: Rudolf Hess y Albert Speer. En la prisión militar de Spandau encarcelaron, a partir de 1947, a siete de los nazis sentenciados por el Tribunal Militar de Nurenberg: Karl Dönitz, Walther Funk, Rudolf Hess, Constantin von Neurath, Erich Raeder, Baldur von Schirach y Albert Speer. Al final sólo quedaron dos en sus celdas: Rudolf Hess, cadena perpetua; Albert Speer, 20 años de prisión confinado al silencio.
Recuerdo esa tarde en que observé salir a Albert Speer de la cárcel, tenía 60 y, en la televisión, aparentaba 70 años. Medio calvo, levemente encorvado, lento de palabras y movimientos. Cara afilada, rasgos marcados, ojos azules y un aire de venir del otro lado de la realidad. Vestía un abrigo azul y una bufanda oscura gruesa. No contestó a ninguna de las preguntas del ejército de reporteros que lo asediaba, se evadió de la multitud y desapareció en un automóvil. Siempre me llamó la atención el arquitecto Speer que deseaba construir en Berlín por órdenes de Hitler la capital del mundo: Germania. Nuevas preguntas se dibujaron entonces en el horizonte, cuestiones que la historia, desde la teorías de las ciencias sociales, había desdeñado tales como el poder absoluto de un líder, su delirio de grandeza y, al mismo tiempo, su megalomanía y frustración.
Albert Speer nació el 19 de marzo de 1905 en la ciudad de Mannheim; su abuelo y su padre habían sido arquitectos, su madre descendía de una familia de banqueros y financieros muy ricos. Speer estudió arquitectura en Karlsruhe, Munich y Berlín. En julio 1931 se entró en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) y se convirtió en un apasionado militante. Hitler siempre sintió debilidad por Speer, su amigo íntimo y arquitecto predilecto; en abril de 1935 lo nombró "Jefe de arquitectos del Tercer Reich", tres años después Inspector General de Edificación del Reich, en 1942 ministro de Armamento y Munición, y un año más tarde ministro de Armamento y Producción Bélica. Albert Speer describió los últimos días en el búnker con una mezcla de rabia y vergüenza: "...la disciplina había empezado a relajarse. Antes, cuando Hitler entraba en una habitación, todos los presentes se ponían de pie y no volvían a sentarse hasta que él se sentara. Ahora, en cambio, continuaban las conversaciones y nadie se levantaba, los criados hablaban con los invitados en su presencia y algunos oficiales alcoholizados dormían en las butacas mientras discutían sin inhibiciones, a voz en cuello".
Oliver Hirschbiegel, el director de La caída, imagina un encuentro de Hitler y Speer ante la maqueta de Germania, la nueva capital del Reich. Hitler : Sí, Speer, los bombardeos sobre nuestras ciudades tienen su lado bueno. Será mucho más fácil ir quitando los escombros, así nosotros no tendremos que destruirlo todo. Cuando ganemos la guerra, la construcción de la ciudad será mucho más ágil y ligera.
Hasta donde sé este encuentro nunca tuvo lugar en el búnker, pero sí en la nueva Cancillería. Hitler : sólo usted, Speer, y yo sabemos que el Tercer Reich no es posible sólo con almacenes y fábricas... rascacielos y hoteles. Este Tercer Reich será una baúl de tesoros para el arte y la cultura, que sobrevivirán siglos y siglos...Vemos las ciudades de la Grecia antigua, la Acró-polis...Vemos las ciudades de la Edad Media, sus catedrales y sabemos que los individuos necesitan un punto medio. Sí, Speer, esa ha sido siempre, usted lo sabe, mi visión. Veintitantos años antes, Hitler había escrito en Mi Lucha que ninguna de las metrópolis actuales poseía monumentos que dominaran la imagen entera de la ciudad y que, de algún modo, pudieran considerarse un símbolo de su época. En cambio, sí fue el caso en las ciudades de la Antigüedad, pues cada una de ella poseía un monumento del cual se sentían orgullosas. La ciudad antigua no se levanta en las construcciones privadas, sino en los monumentos de la colectividad, que no están destinados al instante, sino a la eternidad, ya que en ellos nunca se pretendía reflejar la riqueza de un único propietario, sino la grandeza y la relevancia de la comunidad. Hitler estaba obsesionado con Roma, a la que consideraba "nuestro único rival en el mundo". El milenarismo de Hitler es el primer síntoma grave de su paranoia, el tiempo se congela en un espacio que llama ciudad. "Su esposo", dijo Hitler en tono solemne a la mujer de Speer la tarde en que se conocieron, "construirá para mí edificios como no se han vuelto a levantar hace cuatro milenios". Al decir esto piensa, escribe Elias Canetti, en las construcciones egipcias, sobre todo en las pirámides, a causa de su grandeza, pero también porque hace cuatro milenios que existen.
La ciudad deja de ser un lugar de residencia para convertirse en un enorme símbolo, en un gran portador de significados del poder y su imagen urbana. "Deje que un pobre campesino entre en nuestra sala de la cúpula de Berlín. No sólo se quedará sin aliento; a partir de ese momento, el hombre sabrá dónde pertenece", le dijo Hitler a Speer en el búnker. Germania sería el nombre de Berlín, la capital del gran imperio germano-alemán que ningún poder del mundo sería capaz de destruir. "Berlín tiene que llegar a ser el centro de Europa", escribía Hitler, "una capital que para todo el mundo tendrá que ser la capital". En su Diccionario Crítico de mitos y Símbolos del Nazismo, Rosa Sala Rose subraya que Berlín, -considerada por los nazis como un monstruo de asfalto, una ciudad babilónica en la que Alfred Rosenberg, el ideólogo nazi, creyó percibir el mismo "olor a cadáver" de París, Viena, Moscú y Nueva York y en la que la modernidad, la libertad de costumbres y la mezcla de culturas dominaban a sus anchas- tenía que ser rebautizada. El nuevo nombre, Germania, no sólo iba a representar una identidad cultural radical y distinta, sino que en gran medida simbolizaba su transformación arquitectónica en una nueva ciudad. "Para hacer realidad el proyecto de Germania había que derribar tal cantidad de edificios de la vieja ciudad de Berlín decimonónica", afirma Sala Rose, "que la ciudad apenas iba a ser reconocible, por lo que la asignación de un hombre nuevo seguía estando plenamente justificada."
Al examinar las construcciones de Speer en Nurenberg, en la Feria Internacional de París (1937), y la maqueta de Germania nos damos cuenta de la aterradora destrucción de las ciudades alemanas al final de la guerra. Las inconcebibles dimensiones de las avenidas y edificios emblemáticos de Germania que pretendían borrar todas las construcciones urbanas anteriores, París entre ellos, reducían el urbanismo de Haussmann a un juego de niños. "Berlín, como capital del mundo, será sólo comparable con el antiguo Egipto, Babilonia o Roma", decía Hitler, "antes acostumbraba preguntarme si no habría de destruir París. Sin embargo cuando hayamos terminado Berlín, París no será más que una sombra. ¿Para qué íbamos a destruirla?
En sus Memorias, Albert Speer escribe que la huida de Hitler a su futura bóveda sepulcral, el búnker, siempre le pareció que tenía una gran carga simbólica. Apartado de la vida y rodeado de hormigón y tierra, cerró la salida a la tragedia que tenía lugar en las calles de Berlín, a cielo abierto. Germania era una inmensa acumulación de cadáveres y ruinas, calles sin nombre y monumentos derruidos. "Había llegado a la última estación de su huida de la realidad", escribe Speer, "una realidad que ni siquiera en su juventud quiso reconocer. Por ese entonces, yo llamaba a ese mundo irreal la "Isla de los Bienaventurados".
En abril de 1945, en lugar de contemplar deslumbrados la maqueta de Germania, como aparece en el filme La caída, Hitler y Speer se inclinaban sobre los planos de la ciudad de Linz, donde había nacido Hitler, con el ánimo de regresar a los sueños del pasado. El Führer y su arquitecto contemplaban los planos de las otras construcciones en medio del incendio de la ciudad arriba, en la superficie del infierno, en el mundo real de los vivos y muertos por la metralla. Cuarenta y cinco mil toneladas de bombas se habían arrojado sobre Berlín; el 3 de febrero de 1945, los estadunidenses aseguraron haber matado a 25 mil personas. "Su despacho, situado a dieciséis metros de profundidad, era sin duda el lugar más seguro de Berlín", escribe Speer. "Cuando cerca de allí explotaba alguna bomba de gran calibre, la masa del búnker vibraba a consecuencia de la transmisión de la onda expansiva por el suelo arenoso de la ciudad. Entonces Hitler se sobresaltaba. Qué transformación había sufrido aquel intrépido cabo de la Primera Guerra Mundial. No era más que una ruina, un manojo de nervios que ya no sabía ocultar sus reacciones, un individuo con ataques de pánico y angustia de muerte".

0 Comments:

Post a Comment

<< Home